Rogelio contra el muro

Rogelio contra el muro

Guillermo Fadanelli

Rogelio deseaba atravesar la pared y era evidente que no poseía ninguna otra meta en su vida. A causa del azar vivíamos dentro del mismo cuarto, pues el día que habiendo leído el anuncio en el periódico me presenté a rentarlo él se presentó también. Sin embargo, el dueño de la vecindad decidió darme preferencia a mí pues le pareció inconveniente que Rogelio babeara todo el tiempo. A mí eso me tenía sin cuidado y su aspecto no me era del todo desagradable así que allí mismo lo invité a vivir conmigo; en breve concertación acordamos pagar la renta entre los dos. El sueño objetó de inmediato que el cuarto estaba destinado para una sola persona pero al percatarse de que Rogelio enrojecía y empezaba a echar espuma por la boca no tuvo inconveniente alguno en que fuéramos compañeros de cuarto.

Era un hombre hermético; a veces me sonreía para que yo no pensara que su silencio era un signo de hostilidad. A la semana de habernos mudado creyó necesario confesarme la mayor obsesión de su vida.

—Con un poco de concentración —me dijo— atravesaré la pared.

No añadió nada más pero algunos días después fui testigo de su primer intento. Tomó distancia —casi dos metros—, corrió hacia el muro y se estrelló provocando un tremendo escándalo al caer al suelo. Quise auxiliarlo pero él me rechazó amablemente.

—No te preocupes, estoy acostumbrado.

Regresé a mi cama y él a la suya; minutos más tarde lo escuché roncar con singular descaro. Al día siguiente un fuerte ruido me despertó: Rogelio lo había intentado otra vez y se hallaba tirado en el piso frotándose el rostro con ambas manos. En esta ocasión su recuperación fue más lenta; apenas se hubo incorporado, se fue hacia el baño dando un par de traspiés. No tuve más remedio que vestirme. Estaba poniéndome los zapatos cuando lo vi entrar nuevamente a la habitación. Me dio los buenos días y antes de meterse bajo las cobijas no dudó en advertirme:

—Mañana lo lograré.

Todo continuó con normalidad, nuestra convivencia resultaba agradable y la relación parecía marchar por buen camino. A petición mía había accedido a esperar que yo estuviera despierto para intentar atravesar la pared y de esa manera no interrumpir mi sueño tan bruscamente. Era un hombre amable: llevó su delicadeza hasta el grado de esperar a que yo saliera del cuarto para estrellarse en el muro.

Los problemas iniciaron un poco más tarde cuando Rogelio, obstinado en llevar a cabo su propósito, aumentó el número de tentativas. Un día abrí la puerta y tropecé con su cuerpo; tenía el rostro bañado en sangre. Lo llevé hasta la regadera dejándolo allí un buen rato mientras me preparaba algo de cenar. Como no reaccionaba lo arrastré hasta su cama y lo cubrí con una estera delgada. Se volvió cotidiano el hecho de que siempre, al abrir la puerta, Rogelio estuviera batido en sangre e inconsciente en el piso; me molestaba tener que hacerme cargo de él, llevarla hasta el chorro de agua, cargarlo hasta su cama y cobijarlo, aunque con el paso de los días no tardé mucho en acostumbrarme. Después de un mes, Rogelio, que para entonces mostraba un rostro completamente desfigurado, me pagó la renta con admirable puntualidad. Me alegró saber que pese a todo había logrado conservar la razón y a manera de recompensa aquella noche, al llegar a casa y encontrarlo en el piso en medio de su habitual charco de sangre, lo jalé hacia fuera del cuarto abandonándolo en el patio de esa vecindad que a no ser por nosotros dos estaría totalmente deshabitada.

A la mañana siguiente me despertaron unos gritos.

— ¡Eureka! ¡Eureka! —gritaba Rogelio mientras tocaba con desesperación la puerta.

Abrí y me encontré con su rostro sonriente.

— ¡Lo logré, hermano! —me dijo al tiempo que se desplomaba en mis brazos. No pude evitar que una lágrima corriera por mis mejillas, lo arrastré hasta el baño y lo dejé un largo rato bajo el chorro de agua.

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